¡Azúcar!
Bernardo
Marín, Santo Domingo

Los expedicionarios, en las ruinas del ingenio azucarero
(Í Quadra Salcedo).
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Después de dos días en Santo Domingo visitando la catedral
más antigua de América, la fortaleza de Ozama o el Hospital
de San Nicolás de Bari los más de 300 jóvenes de la Ruta Quetzal
BBVA han salido por primera vez de la ciudad. Su destino: un
ingenio del siglo XVI situado en Bocanigua, unos 40 kilómetros
al sur de la capital en el que se fabricaba uno de los productos
básicos en la economía de la isla: el azúcar.
Allí, en un claro entre frondosas jabillas criollas, se alzan
los restos de la fábrica conocida casa de Calderas, que, en
su momento de mayor apogeo llegó a producir 200 barriles de
azúcar diarios. Las ruinas, entre las que se adivina un edificio
de dos plantas de argamasa (piedra caliza quemada) rematada
por un armazón de madera, se conservan aceptablemente en parte
por el grosor de sus muros y en parte por haber pertenecido
la finca al presidente Trujillo. De hecho, los asesinos del
dictador fueron fusilados en aquel paraje.
Fernando Luna Calderón, director del museo de Historia Natural,
un tipo moreno y afable y con una paciencia infinita para colmar
la curiosidad de los chicos, es el encargado de relatar a los
expedicionarios el funcionamiento de la fábrica, que incluía
naturalmente el uso intensivo de mano de obra esclava.
La caña, según cuenta Luna Calderón, no es como muchos creen
un traído de América al Viejo Mundo, sino al revés. Colón la
llevó en el segundo viaje a la República Dominicana, probablemente
desde Canarias. Desde estas islas se importaban también a los
maestros que dirigían las operaciones en el ingenio con gritos
de "más leña", "agua", "cal", ayudados por fieros perros mastines.
El proceso de elaboración era complejo.
Primero se molía la caña en el llamado trapiche, donde se le
saca el jugo, llamado guarapo, que llegaba luego por un canal
a la paira o caldera. Allí se calentaba, se le añadía cal para
blanquearla y finalmente se depositaba en un recipiente con
forma de pico donde se dejaba reposar durante 20 o 30 días.
Después se sacaba el llamado pan de azúcar.
Como residuo quedaba la llamada miel de pulga, negra, una especie
de purgante que quedaba como comida para los esclavos. El régimen
de vida de los 200 esclavos que llegaron a trabajar en el ingenio
era durísimo. Trabajaban 19 horas diarias y si alguno intentaba
escapar se le cortaba el pulgar del pie.
Con el tiempo, los españoles comprendieron egoístamente que
tampoco a ellos les convenía que murieran o estuvieran exhaustos
y les concedieron el domingo como día descanso, jornada que
los esclavos aprovechaban para celebrar sus convites. Una ironía
en la historia de centenares de esclavos que se dejaban la piel
para endulzar los paladares de los europeos a miles de kilómetros
de distancia.

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