Enviado Especial - 23-06-2003

¡Azúcar!
Bernardo Marín, Santo Domingo


Los expedicionarios, en las ruinas del ingenio azucarero (Í Quadra Salcedo).

Después de dos días en Santo Domingo visitando la catedral más antigua de América, la fortaleza de Ozama o el Hospital de San Nicolás de Bari los más de 300 jóvenes de la Ruta Quetzal BBVA han salido por primera vez de la ciudad. Su destino: un ingenio del siglo XVI situado en Bocanigua, unos 40 kilómetros al sur de la capital en el que se fabricaba uno de los productos básicos en la economía de la isla: el azúcar.

Allí, en un claro entre frondosas jabillas criollas, se alzan los restos de la fábrica conocida casa de Calderas, que, en su momento de mayor apogeo llegó a producir 200 barriles de azúcar diarios. Las ruinas, entre las que se adivina un edificio de dos plantas de argamasa (piedra caliza quemada) rematada por un armazón de madera, se conservan aceptablemente en parte por el grosor de sus muros y en parte por haber pertenecido la finca al presidente Trujillo. De hecho, los asesinos del dictador fueron fusilados en aquel paraje.

Fernando Luna Calderón, director del museo de Historia Natural, un tipo moreno y afable y con una paciencia infinita para colmar la curiosidad de los chicos, es el encargado de relatar a los expedicionarios el funcionamiento de la fábrica, que incluía naturalmente el uso intensivo de mano de obra esclava.

La caña, según cuenta Luna Calderón, no es como muchos creen un traído de América al Viejo Mundo, sino al revés. Colón la llevó en el segundo viaje a la República Dominicana, probablemente desde Canarias. Desde estas islas se importaban también a los maestros que dirigían las operaciones en el ingenio con gritos de "más leña", "agua", "cal", ayudados por fieros perros mastines. El proceso de elaboración era complejo.

Primero se molía la caña en el llamado trapiche, donde se le saca el jugo, llamado guarapo, que llegaba luego por un canal a la paira o caldera. Allí se calentaba, se le añadía cal para blanquearla y finalmente se depositaba en un recipiente con forma de pico donde se dejaba reposar durante 20 o 30 días. Después se sacaba el llamado pan de azúcar.

Como residuo quedaba la llamada miel de pulga, negra, una especie de purgante que quedaba como comida para los esclavos. El régimen de vida de los 200 esclavos que llegaron a trabajar en el ingenio era durísimo. Trabajaban 19 horas diarias y si alguno intentaba escapar se le cortaba el pulgar del pie.

Con el tiempo, los españoles comprendieron egoístamente que tampoco a ellos les convenía que murieran o estuvieran exhaustos y les concedieron el domingo como día descanso, jornada que los esclavos aprovechaban para celebrar sus convites. Una ironía en la historia de centenares de esclavos que se dejaban la piel para endulzar los paladares de los europeos a miles de kilómetros de distancia.
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