La Ciénaga, a la brigandina
Bernardo
Marín, Jarabacoa

El sacerdote de la Ruta, Jesús Garrido, juega con
los niños de la Ciénaga por fuera del colmado
de Santos (Í. Quadra Salcedo).
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"Pero ustedes tienen que quedarse más tiempo en La Ciénaga,
no pueden visitar esto a la brigandina", nos dice José Santos,
42 años, sonrisa amplia, al otro de la barra de madera de su
colmado, pequeño supermercado en el que pueden comprarse desde
linternas hasta medicinas.
¿A la brigandina? Esta expresión todavía no la conocemos. Ni
está en el diccionario ni aparece en el listado de términos
dominicanos que enumera nuestra guía. Tiene que ser una periodista
local la que nos explique que tan curiosa frase procede de una
empresa estadounidense (Bridge & Dina), afamada por construir
puentes y túneles en muy poco tiempo..y con resultados
no siempre satisfactorios. Desde entonces hacer algo a la brigandina
ha quedado como sinónimo de hacerlo con demasiada prisa.
No le falta algo de razón. La Ruta Quetzal BBVA va en ocasiones
muy alta de revoluciones y en el torbellino de desplazamientos,
talleres, conferencias y excursiones apenas hay tiempo para
detenerse un rato, tomar un café en una cantina, dejarse invitar
a una comida típica o charlar un rato con el dueño del un colmado
de pueblo, que siempre es el hombre más informado de la localidad.
Así que le hacemos caso a Santos, le pedimos unas cervezas (los
periodistas, los chicos acaban en pocos minutos con sus reservas
de pepsi-cola y de pilas para linternas) y nos disponemos a
pasar una tarde relajada para coger fuerzas de cara a la ascensión
a Pico Duarte.
La Ciénaga, la puerta del parque Nacional Armando Bermúdez,
donde la expedición monta el campamento, es una localidad bien
humilde. Las 500 familias que residen aquí, según el último
censo, viven en pequeñas casas de madera pintados de vivos colores.
El teléfono no ha llegado al pueblo. El tendido eléctrico tampoco,
aunque una planta cercana suministra energía a algunas, que
no a todas las viviendas. Hilillos de agua turbia atraviesan
las calles sin asfaltar. En un edificio construido con troncos
de aceituno pintados de verde fluorescente un cartel anuncia
"El Tetero, terraza familiar. Fiestas de 12 a 7 PM". El local
parece acogedor, aunque en la misma pared otro cartel nos sobresalta:
"Prohibido entrar con armas de fuego".
Según nos cuenta Santos en los últimos tiempos se está introduciendo
el ecoturismo en el pueblo. De hecho él mismo y muchos de los
hombres trabajan ocasionalmente como guías y todos son conscientes
de la importancia de mantener en perfecto estado el parque.
"Cuidar el parque es como cuidarse uno mismo", asegura. Sobre
todo cuando la agricultura, la principal riqueza del pueblo
está de capa caída. Antes, cuando existía la ciénaga que da
nombre al pueblo, se plantaba arroz. También papas, lechuga,
repollo. Sin embargo, la bajada de los precios de los productos
agrícolas y la fuerte subida de la vida en general y del abono
en particular ha dejado a los agricultores en una situación
límite. La solución, el remedio provisional al menos, se llama
tayota.
La tayota es una fruta de color verduzco similar al pomelo,
aunque más arrugada. Por dentro es blanquecina y de una consistencia
similar a la patata. Saber no sabe a nada, depende de la manera
en que la preparemos y el condimento que le añadamos. De hecho
los agricultores solían picarlo fina y sazonarla para hacerse
la ilusión de que estaban comiendo carne pero en La Ciénaga
Sheila, madre de Santos, nos lo prepara con huevos y aceite
y la mezcla nos sabe a revuelto con patatas. Es uno de los platos
nacionales que se consume en todas las clases sociales y, sobre
todo, una fuente de vitaminas completa y barata para los tiempos
de penuria. También, nos aseguran, es excelente para el cerebro
y nos citan el caso de un tal Alejandro al que los médicos habían
dado por imposible y que sanó a base de tayota.
Se hace de noche y los jóvenes se recogen a sus tiendas. Por
fuera del colmado de Santos un grupo de niños de seis o siete
años juegan al aro con ruedas de bicicleta. No recordaban un
día de tanto bullicio y están contentos porque algunos de los
expedicionarios les han invitado a bolones (chupachups) y porque
Jorge, el malabarista y presentador de la televisión chilena
que acompaña a la Ruta, se ha pasado la tarde haciendo juegos
para ellos. Todos tienen nombres de resonancia anglosajona:
Dalky, John, Helli, Estell…A sus padres les gustaría que estudiaran
pero casi todos prefieren ser peloteros (jugadores de béisbol,
el deporte nacional) y entrenan para ello en el playsito (campo
de juego). El único que se decanta por una carrera es Dalky,
que quiere ser ingeniero. ¿De carreteras, de montes de minas?,
le preguntamos. Él nos da una respuesta más hermosa: "No, yo
quiero ser ingeniero de escuelas".

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