Enviado Especial - 25-06-2003

La Ciénaga, a la brigandina
Bernardo Marín, Jarabacoa


El sacerdote de la Ruta, Jesús Garrido, juega con los niños de la Ciénaga por fuera del colmado de Santos (Í. Quadra Salcedo).

"Pero ustedes tienen que quedarse más tiempo en La Ciénaga, no pueden visitar esto a la brigandina", nos dice José Santos, 42 años, sonrisa amplia, al otro de la barra de madera de su colmado, pequeño supermercado en el que pueden comprarse desde linternas hasta medicinas.

¿A la brigandina? Esta expresión todavía no la conocemos. Ni está en el diccionario ni aparece en el listado de términos dominicanos que enumera nuestra guía. Tiene que ser una periodista local la que nos explique que tan curiosa frase procede de una empresa estadounidense (Bridge & Dina), afamada por construir puentes y túneles en muy poco tiempo..y con resultados no siempre satisfactorios. Desde entonces hacer algo a la brigandina ha quedado como sinónimo de hacerlo con demasiada prisa.

No le falta algo de razón. La Ruta Quetzal BBVA va en ocasiones muy alta de revoluciones y en el torbellino de desplazamientos, talleres, conferencias y excursiones apenas hay tiempo para detenerse un rato, tomar un café en una cantina, dejarse invitar a una comida típica o charlar un rato con el dueño del un colmado de pueblo, que siempre es el hombre más informado de la localidad. Así que le hacemos caso a Santos, le pedimos unas cervezas (los periodistas, los chicos acaban en pocos minutos con sus reservas de pepsi-cola y de pilas para linternas) y nos disponemos a pasar una tarde relajada para coger fuerzas de cara a la ascensión a Pico Duarte.

La Ciénaga, la puerta del parque Nacional Armando Bermúdez, donde la expedición monta el campamento, es una localidad bien humilde. Las 500 familias que residen aquí, según el último censo, viven en pequeñas casas de madera pintados de vivos colores. El teléfono no ha llegado al pueblo. El tendido eléctrico tampoco, aunque una planta cercana suministra energía a algunas, que no a todas las viviendas. Hilillos de agua turbia atraviesan las calles sin asfaltar. En un edificio construido con troncos de aceituno pintados de verde fluorescente un cartel anuncia "El Tetero, terraza familiar. Fiestas de 12 a 7 PM". El local parece acogedor, aunque en la misma pared otro cartel nos sobresalta: "Prohibido entrar con armas de fuego".

Según nos cuenta Santos en los últimos tiempos se está introduciendo el ecoturismo en el pueblo. De hecho él mismo y muchos de los hombres trabajan ocasionalmente como guías y todos son conscientes de la importancia de mantener en perfecto estado el parque. "Cuidar el parque es como cuidarse uno mismo", asegura. Sobre todo cuando la agricultura, la principal riqueza del pueblo está de capa caída. Antes, cuando existía la ciénaga que da nombre al pueblo, se plantaba arroz. También papas, lechuga, repollo. Sin embargo, la bajada de los precios de los productos agrícolas y la fuerte subida de la vida en general y del abono en particular ha dejado a los agricultores en una situación límite. La solución, el remedio provisional al menos, se llama tayota.

La tayota es una fruta de color verduzco similar al pomelo, aunque más arrugada. Por dentro es blanquecina y de una consistencia similar a la patata. Saber no sabe a nada, depende de la manera en que la preparemos y el condimento que le añadamos. De hecho los agricultores solían picarlo fina y sazonarla para hacerse la ilusión de que estaban comiendo carne pero en La Ciénaga Sheila, madre de Santos, nos lo prepara con huevos y aceite y la mezcla nos sabe a revuelto con patatas. Es uno de los platos nacionales que se consume en todas las clases sociales y, sobre todo, una fuente de vitaminas completa y barata para los tiempos de penuria. También, nos aseguran, es excelente para el cerebro y nos citan el caso de un tal Alejandro al que los médicos habían dado por imposible y que sanó a base de tayota.

Se hace de noche y los jóvenes se recogen a sus tiendas. Por fuera del colmado de Santos un grupo de niños de seis o siete años juegan al aro con ruedas de bicicleta. No recordaban un día de tanto bullicio y están contentos porque algunos de los expedicionarios les han invitado a bolones (chupachups) y porque Jorge, el malabarista y presentador de la televisión chilena que acompaña a la Ruta, se ha pasado la tarde haciendo juegos para ellos. Todos tienen nombres de resonancia anglosajona: Dalky, John, Helli, Estell…A sus padres les gustaría que estudiaran pero casi todos prefieren ser peloteros (jugadores de béisbol, el deporte nacional) y entrenan para ello en el playsito (campo de juego). El único que se decanta por una carrera es Dalky, que quiere ser ingeniero. ¿De carreteras, de montes de minas?, le preguntamos. Él nos da una respuesta más hermosa: "No, yo quiero ser ingeniero de escuelas".

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