Enviado Especial - 26-06-2003

La gran paliza
Bernardo Marín, Jarabacoa


El jefe de monitores, Jesús Luna, con algunos de los expedicionarios y con el responsable de material, Telmo Aldaz, en la cima del pico (José Luis Cuesta).

Los expedicionarios se pensaban que esto de la Ruta Quetzal BBVA era coser y cantar. Venga conferencia cultural sobre el Cuarto Viaje de Colón, venga visita al centro histórico de Santo Domingo, venga verbenilla salsera organizada por los titiriteros. Y no. La Ruta también es aventura y ejercicio, a veces a grandes dosis. En los dos últimos días los jóvenes han sufrido y han disfrutado en sus propias carnes una verdadera paliza de hasta 46 kilómetros por la cordillera Central de la República Dominicana. Y es probable que la experiencia no la olviden en su vida.

La jornada de ascensión al Pico Duarte, el más alto del Caribe con 3.087 metros,comienza con una criba. Sólo puden subir los expedicionarios que se encuentren en óptimas condiciones. Aquellos que no se sientan capacitados o -unos 80 en total- se quedan en La Ciénaga, el último lugar poblado hasta la cima. El resto se divide a su vez en dos grupos: los más confiados en sus propias fuerzas, unos 120, que intentarán el ascenso al Duarte, y los que quieren darse un garbeo por la cordillera pero se conforman con ascender al más modesto Valle de Tetero.

Vaciadas las mochilas de elementos inútiles -pero adónde van algunos con el walkman- y cargadas las mulas con el material necesario -que incluye más de 400 raciones de comida del Ejército español- la expedición se pone en marcha a las 8.00 de la mañana del 25 de junio a una orden de Jesús Luna, jefe del campamento. Los chicos parecen confiados y hasta tararean canciones: nadie puede ni imaginarse la que nos espera.

El pico, que todavía no vemos, está ubicado entre el Parque Nacional Armando Bermúdez, donde iniciamos el ascenso, y el José del Carmen Ramírez, situados ambos en el sur de la Cordillera Central que ocupa el corazión de la isla. Nada más abandonar la zonas pobladas desaparecen los árboles típicamente tropicales -la platanera, el mango, el árbol de la tallota- y unos cientos de metros más arriba dejamos de ver las plantas de hojas anchas y se adueña del paisaje, hasta las mismas cumbres, una masa de Pinus occidentalis que constituye el pulmón de la isla.

Las primeras dos horas de subida hasta parecen un paseo pero el trazado del camino comienza a preocupar a los más observadores. No es una senda pensada para personas, que faldee las montañas con una pendiente constante. Es un camino mulero, que va subiendo y bajando collados más o menos en línea recta hasta llegar a la base del pico. O sea, que en vez de la cronoescalada que esperábamos, nos encontramos con una etapa del Tour de Francia de esas en las que los ciclistas suben cuatro o cinco puertos de montaña y terminan, pongamos por caso, en el Alpe D'Huez.

El efecto del trazado es el mismo en los expedicionarios que en los ciclistas. Pasadas las cinco o seis primeras horas de ascensión algunos empiezan a hacer la goma (subir haciendo eses para afrontar menos pendiente). Comienzan a aparecer las pájaras. El equipo médico empieza a atender pequeñas fatigas mareos, algunas luxaciones... Nada grave, pero las bajas van entorpeciendo la marcha. Y entonces cuando las mulas cobran protagonismo. Primero, cargando con las mochilas de los que ya no pueden con ellas. Después, cargando con los expedicionarios que no pueden tampoco con su propio peso.

Un empujocinto por aquí, una pastilla de glucosa por allá, un golpe de riñón, un azote a la mula, y los 120 elegidos alcanzan el campamento base de Compartición hacia las 18.45 de la tarde. El lugar elegido para reponer fuerzas y descansar un poco antes de lanzar el asalto final al amanecer del día siguiente es un prado a 2.450 metros de altura con una caseta solitaria y un par de cabinas sanitarias de madera. Nos parece que en cualquier momento puede aparecer el abuelo de Heidi, pero sólo vemos a unos turistas estadounidenses que buscaban la tranquilidad del monte y no parecen muy satisfechos con nuestra llegada.

Las mulas, que se lo tienen bien ganado, comienzan a pacer. Los chicos, con el mismo mérito, abren las cajas de comida del Ejército de 15 por diez centímetros y, como si frotaran una lámpara mágica, se trasladan a la casa de sus abuelas: fabada, pulpo, salchichas con tomate, albóndigas...todo bien caliente gracias a un ingenioso quemador que se enciende con pastillas combustibles. Hay hasta fruta en almíbar y, para los muy cafeteros, un café instantáneo que costaría dos euros en algunas terrazas. No nos extraña que en Afagnistán los estadounidenses cambiaran tres raciones de su comida deshidratada por un buen menú de callos a la madrileña y carne de res.

La buena vida de latas de conserva y sueño en la tienda se termina a las 4.30 de la mañana. Luna, megáfano en mano, despierta a todo el campamento -incluidos los turistas estadounidenses- con el Tiro Lí, Tiro la, estribillo que sustituye en la Ruta al riiiiiiing del despertador. Los monitores descartan a algunos chicos a los que vieron flojear el día anterior ("a este lo vi subido en una mula", "este me dijo que estaba cansado", "aquella cojeba un poco"), otros se descartan solos y se quedan durmiendo en la tienda, y finalmente unos 65 valientes, la quinta parte del total de la expedición emprende el camino de la gloria hacia la cima animados por los chistes de Juan Ignacio, un jiennense que sólo con abrir la boca hace reír a los americanos.

Los 23 kilómetros de subida se olvidan a la llegada a la cumbre. Espontáneamente, los primeros en alcanzarla comienzan a gritar de alegría todo lo fuerte que a estas alturas de la excursión les permiten los pulmones. A los pies de los expedicionarios, un mar de pinos, a sus espaldas, en lontanza, Haití. Frente a ellos, hoy invisible por la bruma, Puerto Rico. Algunos se abrazan a la bandera dominicana que ondea sobre la cima, otros besan la cruz que corona el pico. Hasta el rostro de bronce de Juan Pablo Duarte, padre de la patria que da nombre al monte, cuyo busto es el tercer símbolo que adorna la cumbre, parece mudarse en una mueca de satisfacción. Pese a las diez horas que quedan de bajada, las ampollas en los pies, la churria (diarrea en la República Dominicana) de algunos, los mareos de otros, las picaduras de mosquito y las miradas asesinas de los turistas estadounidenses, la experiencia ha merecido la pena.

Relación de los 61 expedicionarios que alcanzaron la cumbre (salvo error u omisión)

España: Raúl Martín, Judith García, Andrés Pérez García, Álvaro García Gómez, Juan Carlos Juliá, Guadalupe Romero, J. Miguel Rodríguez, Gonzalo Castañeda, Carlos Eguizábal, Javier Llanillo, Irene Marín, Mario Cano, Manuel Vietez, Melchor Carbonell, Cecilia Tarruell, Ana Gracia, Irene Paredes, Berta López, Iván López, Jon Ruiz, Olalla Gómez, Laura Pérez, Paloma Alonso, Iratxe García, Guillermo Quirce, Marta Oñate, Daniel Ruiz, Eduardo Perea, Raúl Jiménez, Adolfo Roy, Carlos Cruz, Daniel Díaz, Carlos Colomer, Asunción Ródenas, Gonzalo Torres, Telmo de la Riva, Ignacio Medrano, Xabi Berrade, Andrea Zabala, José María Granda, Jaime Portillo, Andrés García, Juan Ignacio Fuentes, José Emilio Gómez, Carlos Real, Juan Carlos Villarías, Guillermo Gironés y Alejandro Castro.

Honduras:
Henry Alexis Carcamo y Francisco Franco.

México: Lorena Brito y María Ortiz

Colombia:
Carolina Rodríguez

Grecia:
Dorian Kalavrezos

Bolivia: Cintya Suri

Chile: Sofía Bowen y Federico Caballero

República Dominicana
: Yuberkis Chevalier

Perú: Marco Valencia

Venezuela: Valentina Soto y María Gabriela Rodríguez

Finlandia: Rafael Carpena

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