La gran paliza
Bernardo
Marín, Jarabacoa

El jefe de monitores, Jesús Luna, con algunos de
los expedicionarios y con el responsable de material, Telmo
Aldaz, en la cima del pico (José Luis Cuesta).
|
 |
Los expedicionarios se pensaban que esto de la Ruta Quetzal
BBVA era coser y cantar. Venga conferencia cultural sobre el
Cuarto Viaje de Colón, venga visita al centro histórico
de Santo Domingo, venga verbenilla salsera organizada por los
titiriteros. Y no. La Ruta también es aventura y ejercicio,
a veces a grandes dosis. En los dos últimos días
los jóvenes han sufrido y han disfrutado en sus propias
carnes una verdadera paliza de hasta 46 kilómetros por
la cordillera Central de la República Dominicana. Y es
probable que la experiencia no la olviden en su vida.
La jornada de ascensión al Pico Duarte, el más
alto del Caribe con 3.087 metros,comienza con una criba. Sólo
puden subir los expedicionarios que se encuentren en óptimas
condiciones. Aquellos que no se sientan capacitados o -unos
80 en total- se quedan en La Ciénaga, el último
lugar poblado hasta la cima. El resto se divide a su vez en
dos grupos: los más confiados en sus propias fuerzas,
unos 120, que intentarán el ascenso al Duarte, y los
que quieren darse un garbeo por la cordillera pero se conforman
con ascender al más modesto Valle de Tetero.
Vaciadas las mochilas de elementos inútiles -pero adónde
van algunos con el walkman- y cargadas las mulas con el material
necesario -que incluye más de 400 raciones de comida
del Ejército español- la expedición se
pone en marcha a las 8.00 de la mañana del 25 de junio
a una orden de Jesús Luna, jefe del campamento. Los chicos
parecen confiados y hasta tararean canciones: nadie puede ni
imaginarse la que nos espera.
El pico, que todavía no vemos, está ubicado entre
el Parque Nacional Armando Bermúdez, donde iniciamos
el ascenso, y el José del Carmen Ramírez, situados
ambos en el sur de la Cordillera Central que ocupa el corazión
de la isla. Nada más abandonar la zonas pobladas desaparecen
los árboles típicamente tropicales -la platanera,
el mango, el árbol de la tallota- y unos cientos de metros
más arriba dejamos de ver las plantas de hojas anchas
y se adueña del paisaje, hasta las mismas cumbres, una
masa de Pinus occidentalis que constituye el pulmón
de la isla.
Las primeras dos horas de subida hasta parecen un paseo pero
el trazado del camino comienza a preocupar a los más
observadores. No es una senda pensada para personas, que faldee
las montañas con una pendiente constante. Es un camino
mulero, que va subiendo y bajando collados más o menos
en línea recta hasta llegar a la base del pico. O sea,
que en vez de la cronoescalada que esperábamos, nos encontramos
con una etapa del Tour de Francia de esas en las que los ciclistas
suben cuatro o cinco puertos de montaña y terminan, pongamos
por caso, en el Alpe D'Huez.
El efecto del trazado es el mismo en los expedicionarios que
en los ciclistas. Pasadas las cinco o seis primeras horas de
ascensión algunos empiezan a hacer la goma (subir haciendo
eses para afrontar menos pendiente). Comienzan a aparecer las
pájaras. El equipo médico empieza a atender pequeñas
fatigas mareos, algunas luxaciones... Nada grave, pero las bajas
van entorpeciendo la marcha. Y entonces cuando las mulas cobran
protagonismo. Primero, cargando con las mochilas de los que
ya no pueden con ellas. Después, cargando con los expedicionarios
que no pueden tampoco con su propio peso.
Un empujocinto por aquí, una pastilla de glucosa por
allá, un golpe de riñón, un azote a la
mula, y los 120 elegidos alcanzan el campamento base de Compartición
hacia las 18.45 de la tarde. El lugar elegido para reponer fuerzas
y descansar un poco antes de lanzar el asalto final al amanecer
del día siguiente es un prado a 2.450 metros de altura
con una caseta solitaria y un par de cabinas sanitarias de madera.
Nos parece que en cualquier momento puede aparecer el abuelo
de Heidi, pero sólo vemos a unos turistas estadounidenses
que buscaban la tranquilidad del monte y no parecen muy satisfechos
con nuestra llegada.
Las mulas, que se lo tienen bien ganado, comienzan a pacer.
Los chicos, con el mismo mérito, abren las cajas de comida
del Ejército de 15 por diez centímetros y, como
si frotaran una lámpara mágica, se trasladan a
la casa de sus abuelas: fabada, pulpo, salchichas con tomate,
albóndigas...todo bien caliente gracias a un ingenioso
quemador que se enciende con pastillas combustibles. Hay hasta
fruta en almíbar y, para los muy cafeteros, un café
instantáneo que costaría dos euros en algunas
terrazas. No nos extraña que en Afagnistán los
estadounidenses cambiaran tres raciones de su comida deshidratada
por un buen menú de callos a la madrileña y carne
de res.
La buena vida de latas de conserva y sueño en la tienda
se termina a las 4.30 de la mañana. Luna, megáfano
en mano, despierta a todo el campamento -incluidos los turistas
estadounidenses- con el Tiro Lí, Tiro la, estribillo
que sustituye en la Ruta al riiiiiiing del despertador. Los
monitores descartan a algunos chicos a los que vieron flojear
el día anterior ("a este lo vi subido en una mula",
"este me dijo que estaba cansado", "aquella cojeba
un poco"), otros se descartan solos y se quedan durmiendo
en la tienda, y finalmente unos 65 valientes, la quinta parte
del total de la expedición emprende el camino de la gloria
hacia la cima animados por los chistes de Juan Ignacio, un jiennense
que sólo con abrir la boca hace reír a los americanos.
Los 23 kilómetros de subida se olvidan a la llegada a
la cumbre. Espontáneamente, los primeros en alcanzarla
comienzan a gritar de alegría todo lo fuerte que a estas
alturas de la excursión les permiten los pulmones. A
los pies de los expedicionarios, un mar de pinos, a sus espaldas,
en lontanza, Haití. Frente a ellos, hoy invisible por
la bruma, Puerto Rico. Algunos se abrazan a la bandera dominicana
que ondea sobre la cima, otros besan la cruz que corona el pico.
Hasta el rostro de bronce de Juan Pablo Duarte, padre de la
patria que da nombre al monte, cuyo busto es el tercer símbolo
que adorna la cumbre, parece mudarse en una mueca de satisfacción.
Pese a las diez horas que quedan de bajada, las ampollas en
los pies, la churria (diarrea en la República
Dominicana) de algunos, los mareos de otros, las picaduras de
mosquito y las miradas asesinas de los turistas estadounidenses,
la experiencia ha merecido la pena.
Relación de los 61 expedicionarios
que alcanzaron la cumbre (salvo error u omisión)
España: Raúl Martín, Judith García,
Andrés Pérez García, Álvaro García
Gómez, Juan Carlos Juliá, Guadalupe Romero, J.
Miguel Rodríguez, Gonzalo Castañeda, Carlos Eguizábal,
Javier Llanillo, Irene Marín, Mario Cano, Manuel Vietez,
Melchor Carbonell, Cecilia Tarruell, Ana Gracia, Irene Paredes,
Berta López, Iván López, Jon Ruiz, Olalla
Gómez, Laura Pérez, Paloma Alonso, Iratxe García,
Guillermo Quirce, Marta Oñate, Daniel Ruiz, Eduardo Perea,
Raúl Jiménez, Adolfo Roy, Carlos Cruz, Daniel
Díaz, Carlos Colomer, Asunción Ródenas,
Gonzalo Torres, Telmo de la Riva, Ignacio Medrano, Xabi Berrade,
Andrea Zabala, José María Granda, Jaime Portillo,
Andrés García, Juan Ignacio Fuentes, José
Emilio Gómez, Carlos Real, Juan Carlos Villarías,
Guillermo Gironés y Alejandro Castro.
Honduras: Henry Alexis Carcamo y Francisco Franco.
México: Lorena Brito y María Ortiz
Colombia: Carolina Rodríguez
Grecia: Dorian Kalavrezos
Bolivia: Cintya Suri
Chile: Sofía Bowen y Federico Caballero
República Dominicana: Yuberkis Chevalier
Perú: Marco Valencia
Venezuela: Valentina Soto y María Gabriela Rodríguez
Finlandia: Rafael Carpena

|