Enviado Especial - 17-07-2003
Las bodas de Camacho
Ana Arasanz, Toledo


El profesor de esgrima, en duelo con sus alumnos. (José Luis Cuesta).

Ninguna fotografía podría recoger la experiencia vivida. En una finca de Los Cigarrales, donde se divisa toda la ciudad de Toledo, fuimos los privilegiados comensales de una boda, Las bodas de Camacho, evocando el capítulo XX del Quijote. Nos recibió una alfombra de tomillo, donde paseamos contemplando espadachines, marionetas de Quijote y Sancho y los danzantes regionales.

En esta ocasión, no era de día ni llevábamos invitación del señor Camacho, sino de la Junta de Castilla-La Mancha. Tampoco vimos a los novios, pero degustamos un menú muy similar al que con buen gusto se sumó Sancho para llenar su panza.

El restaurador Adolfo hizo filigranas en los fogones con la ayuda del periodista Lorenzo Díaz. Así, no faltaron las gachas, ni la olla podrida ni las migas ni el escabeche de conejo. Hasta un novillo con un cochinillo dentro. Los chavales de la Ruta Quetzal BBVA, habituados al rancho, agradecieron el banquete de esta boda del Siglo de Oro.

Antes, varios actores (con Juan Luis Galiardo a la cabeza) nos recitaron el capítulo de Las bodas de Camacho el rico. Para entonces, llegaban los olores de la cocina del ilustre Adolfo, y fue difícil contener las voces, por lo que hizo falta alguna llamada de atención por parte de Miguel de la Quadra.

Con el buche pleno y al caer la noche, el broche de oro lo pusieron los romances y el concierto de los músicos de la Ruta, dirigidos por la profesora Alicia Lázaro. Todos nos ganamos el sueño, en especial los chavales, tras un día cargado de emociones que comenzó con la recepción en el Palacio Real y culminó con una boda que nos trasladó a la época del Quijote.