Las bodas de Camacho
Ana Arasanz, Toledo

El profesor de esgrima, en duelo con sus alumnos. (José
Luis Cuesta).
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Ninguna fotografía podría recoger la experiencia vivida. En
una finca de Los Cigarrales, donde se divisa toda la ciudad
de Toledo, fuimos los privilegiados comensales de una boda,
Las bodas de Camacho, evocando el capítulo XX del Quijote.
Nos recibió una alfombra de tomillo, donde paseamos contemplando
espadachines, marionetas de Quijote y Sancho y los danzantes
regionales.
En esta ocasión, no era de día ni llevábamos invitación del
señor Camacho, sino de la Junta de Castilla-La Mancha. Tampoco
vimos a los novios, pero degustamos un menú muy similar al que
con buen gusto se sumó Sancho para llenar su panza.
El restaurador Adolfo hizo filigranas en los fogones con la
ayuda del periodista Lorenzo Díaz. Así, no faltaron las gachas,
ni la olla podrida ni las migas ni el escabeche de conejo. Hasta
un novillo con un cochinillo dentro. Los chavales de la Ruta
Quetzal BBVA, habituados al rancho, agradecieron el banquete
de esta boda del Siglo de Oro.
Antes, varios actores (con Juan Luis Galiardo a la cabeza)
nos recitaron el capítulo de Las bodas de Camacho el rico. Para
entonces, llegaban los olores de la cocina del ilustre Adolfo,
y fue difícil contener las voces, por lo que hizo falta alguna
llamada de atención por parte de Miguel de la Quadra.
Con el buche pleno y al caer la noche, el broche de oro lo
pusieron los romances y el concierto de los músicos de la Ruta,
dirigidos por la profesora Alicia Lázaro. Todos nos ganamos
el sueño, en especial los chavales, tras un día cargado de emociones
que comenzó con la recepción en el Palacio Real y culminó con
una boda que nos trasladó a la época del Quijote.
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