Enviado Especial - 10-07-2003
Los jóvenes se encuentran con el viejo San Juán
José Luis Regueira, San Juan de Puerto Rico

El futuro, los jóvenes expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA, se encontró el martes 8 con el pasado, la vieja e histórica ciudad de San Juan de Puerto Rico, donde concluirán su itinerario por tierras americanas antes de emprender en España la etapa final de la aventura de 2003. Los muchachos iberoamericanos representan los mejor del mundo por venir, "los nuevos senderos que discurren por el entendimiento mutuo como embajdores de vuestros respectivos países", como les definió la Gobernadora de Puerto Rico, Sila María Calderón, durante la recepción oficial a la Ruta en La Fortaleza, sede de la gobernaduría del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, al pie del majestuoso fuerte de San Felipe del Morro, la construcción defensiva más notable que queda en pie de la etapa colonizadora española


La Gobernadora tuvo a bien sellar de manera simbólica la unión entre España y Puerto Rico de siempre y para el futuro al recibir de los expedicionarios españoles, el ibicenco Andrés García Castiella y la segoviana Raquel del Ser Fernández, una reproducción en plata de las últimas y extintas pesetas españolas, que han quedado "hermanadas" con la vigente "peseta" puertorriqueña, que no es otra cosa que el nombre popular que los boricuas dan al cuarto de dólar, la moneda de 25 centavos. El expedicionario balear dio personalmente las gracias, en nombre del resto de la expedición, a Puerto Rico "por su hospitalidad y por todo lo que han aprendido en sus tierras".


Los jóvenes de la Ruta habían visitado horas antes el imponente fuerte del Morro, el inexpugnable bastión que comenzaron a construir los españoles al poco de su llegada a América, y que se conserva impecable. Coronado por las banderas de Puerto Rico, los Estados Unidos y la antigua española de las armas de Borgoña o Cruz de San Andrés (las aspas rojas sobre fondo blanco que vino a sustituir al pendón de Castilla) el Morro se edificó a la entrada de la bahia para defender la ciudad de enemigos y piratas cruzando su fuego con las baterías de la isleta de la Cabra, al otro lado del canal de entrada, que además de puesto artillero resultaba ser una leprosería. Murallas, almenas, arsenales y troneras se conservan de tal forma que no parece, a simple vista, que por sus muros hayan pasado vientos huracanados durante 400 años o impactos de los cañonazos que los navíos ingleses, franceses y holandeses le dedicaron con el inútil propósito de rendir sus defensas. Una vez más, como siempre ocurre con la Ruta Quetzal, allá donde se encuentre, sea en España o en tierras americanas, se aprende historia de la mejor manera posible: revivirla donde ocurrieron los hechos.


Durante las horas de "libertad" de que gozaron los expedicionarios tras la ceremonia oficial en La Fortaleza, entre compras de recuerdos para los suyos y nerviosas esperas ante las cabinas telefónicas, chicos y chicas de la Ruta pudieron empaparse del Patrimonio de la Humanidad que es el Viejo San Juan, la ciudad colonial encerrada en la antiguo recinto amurallado, que guarda decenas de casas de distintos estilos coloniales de los siglos XVIII y XIX, restauradas y cuidadas de tal forma que diríiase que fueron inauguradas ayer. Plazas históricas han sido recuperadas para el paseo y la charla reposada de los vecinos, las calles limpias y perfectamente adoquinadas con las piedras llevadas desde las canteras de toda España para lastre de buques y galeones, que, finalmente, pavimentaron vías y caminos por toda América. En el viejo San Juan el suelo es azul y cuando llueve, lo que ocurre asi todos los días con distinta intensidad, el color se vuelve aún más intenso y el piso se hace una pista de patinaje que provoca más de una costalada al viandante poco avisado. De las áreas urbanas de vieja tradición española que quedan en los países iberoamericanos, el Viejo San Juan, es acaso, la mayor y la que se conserva en perfecto estado.

Los expedicionarios acampan en la playa de Luquillo, al este de San Juan, bañada por el Caribe, donde dan los últimos toques a sus actividades académicas en la antigua isla Borinquén y arreglan sus petates y mochilas para "cruzar el charco" de nuevo, ahora hacia el Occidente.

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