Los jóvenes se encuentran con el
viejo San Juán
José Luis Regueira, San Juan de Puerto
Rico
El futuro, los jóvenes expedicionarios de la Ruta Quetzal
BBVA, se encontró el martes 8 con el pasado, la vieja
e histórica ciudad de San Juan de Puerto Rico, donde
concluirán su itinerario por tierras americanas antes
de emprender en España la etapa final de la aventura
de 2003. Los muchachos iberoamericanos representan los mejor
del mundo por venir, "los nuevos senderos que discurren
por el entendimiento mutuo como embajdores de vuestros respectivos
países", como les definió la Gobernadora
de Puerto Rico, Sila María Calderón, durante la
recepción oficial a la Ruta en La Fortaleza, sede de
la gobernaduría del Estado Libre Asociado de Puerto Rico,
al pie del majestuoso fuerte de San Felipe del Morro, la construcción
defensiva más notable que queda en pie de la etapa colonizadora
española
La Gobernadora tuvo a bien sellar de manera simbólica
la unión entre España y Puerto Rico de siempre
y para el futuro al recibir de los expedicionarios españoles,
el ibicenco Andrés García Castiella y la segoviana
Raquel del Ser Fernández, una reproducción en
plata de las últimas y extintas pesetas españolas,
que han quedado "hermanadas" con la vigente "peseta"
puertorriqueña, que no es otra cosa que el nombre popular
que los boricuas dan al cuarto de dólar, la moneda de
25 centavos. El expedicionario balear dio personalmente las
gracias, en nombre del resto de la expedición, a Puerto
Rico "por su hospitalidad y por todo lo que han aprendido
en sus tierras".
Los jóvenes de la Ruta habían visitado horas antes
el imponente fuerte del Morro, el inexpugnable bastión
que comenzaron a construir los españoles al poco de su
llegada a América, y que se conserva impecable. Coronado
por las banderas de Puerto Rico, los Estados Unidos y la antigua
española de las armas de Borgoña o Cruz de San
Andrés (las aspas rojas sobre fondo blanco que vino a
sustituir al pendón de Castilla) el Morro se edificó
a la entrada de la bahia para defender la ciudad de enemigos
y piratas cruzando su fuego con las baterías de la isleta
de la Cabra, al otro lado del canal de entrada, que además
de puesto artillero resultaba ser una leprosería. Murallas,
almenas, arsenales y troneras se conservan de tal forma que
no parece, a simple vista, que por sus muros hayan pasado vientos
huracanados durante 400 años o impactos de los cañonazos
que los navíos ingleses, franceses y holandeses le dedicaron
con el inútil propósito de rendir sus defensas.
Una vez más, como siempre ocurre con la Ruta Quetzal,
allá donde se encuentre, sea en España o en tierras
americanas, se aprende historia de la mejor manera posible:
revivirla donde ocurrieron los hechos.
Durante las horas de "libertad" de que gozaron los
expedicionarios tras la ceremonia oficial en La Fortaleza, entre
compras de recuerdos para los suyos y nerviosas esperas ante
las cabinas telefónicas, chicos y chicas de la Ruta pudieron
empaparse del Patrimonio de la Humanidad que es el Viejo San
Juan, la ciudad colonial encerrada en la antiguo recinto amurallado,
que guarda decenas de casas de distintos estilos coloniales
de los siglos XVIII y XIX, restauradas y cuidadas de tal forma
que diríiase que fueron inauguradas ayer. Plazas históricas
han sido recuperadas para el paseo y la charla reposada de los
vecinos, las calles limpias y perfectamente adoquinadas con
las piedras llevadas desde las canteras de toda España
para lastre de buques y galeones, que, finalmente, pavimentaron
vías y caminos por toda América. En el viejo San
Juan el suelo es azul y cuando llueve, lo que ocurre asi todos
los días con distinta intensidad, el color se vuelve
aún más intenso y el piso se hace una pista de
patinaje que provoca más de una costalada al viandante
poco avisado. De las áreas urbanas de vieja tradición
española que quedan en los países iberoamericanos,
el Viejo San Juan, es acaso, la mayor y la que se conserva en
perfecto estado.
Los expedicionarios acampan en la playa de Luquillo, al este
de San Juan, bañada por el Caribe, donde dan los últimos
toques a sus actividades académicas en la antigua isla
Borinquén y arreglan sus petates y mochilas para "cruzar
el charco" de nuevo, ahora hacia el Occidente.
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